Parafraseando a David Summers: “Hoy me he levantado dando un salto mortal. He echado un par de huevos a mi sartén. Dando volteretas he llegado al baño. Me he duchado y he despilfarrado el gel. Porque hoy, algo me dice, que voy a pasármelo bien”. Bueno, lo de los huevos en la sartén no lo hice (prefiero el mollete polichero con aceite y tomate), pero todo lo demás casi que sí. En fin, sigamos. Pues eso, que me levanté con una energía inusitada en mí para ser un viernes a las ocho menos veinte de la mañana. A los viernes llego más cansado de lo normal, porque se me van acumulando los días, y casi siempre me levanto de la cama arrastrándome como una serpiente recién salida de su brumación. Luego abro la puerta de la calle y salgo directamente a la triste rutina. Pero ese viernes fue diferente: una extraña alegría me invadía por dentro y por fuera. Mientras conducía camino del trabajo, los pajarillos revoloteaban junto a la ventanilla y las amapolas y margaritas de las cunetas parecían saludarme al compás del viento que el coche dejaba tras de sí. En el cruce de Puerto Serrano me encontré un control de la Guardia Civil de tráfico: tipos duros con sus metralletas y su cara de pocos amigos que me dieron los buenos días y me dejaron pasar esbozando una sonrisa. La última vez que me dieron el alto me registraron hasta el maletero, pero este viernes era diferente. El sol brillaba en las alturas y la sierra se asemejaba en aquel momento al País de las Maravillas que ideara Lewis Carroll allá por el siglo XIX. Al llegar al instituto aparqué en el mejor sitio posible (que normalmente siempre está ocupado). Me recibió el equipo directivo elogiando mi labor en las aulas e invitándome a un cafelito. El alumnado, más silencioso y respetuoso que nunca, no dio ningún problema, ni a mí, ni al tutor. Cuando acabé mi jornada laboral, volví a casa, deteniéndome antes en un supermercado para comprar algunas cosas. Al ir a pagar me dijo la cajera que tenía la compra gratis por ser el cliente un millón, y me pusieron una banda de colores, lanzaron confeti y me hicieron un montón de fotos. Llegué a casa justo a tiempo de degustar mi comida favorita, que me había preparado mi pareja. Luego, mi hijo me dejó echar la siesta sin interrupciones y, cuando estaba en lo mejor del sueño… ring, ring, ring… el maldito despertador. Las 07:40 AM. Lunes. ¡Jodido David Summers!
Miguel Ángel Rincón
Viva Arcos