Llega la época veraniega y, como ya es tradición, hete aquí mi artículo naturista de todos los años. Y es que hay que incentivar esta práctica tan sana, tanto para el cuerpo como para la mente. Además, supone un ejercicio de libertad. Existen muchas maneras de sentir la libertad: viajar (solo o en buena compañía), coronar una montaña, montar en motocicleta, terminar de pagar la hipoteca, etc. Quien esto firma, siempre que puede, se acerca a la playa gaditana entre semana, porque normalmente suele haber menos aglomeración de bañistas. Aparco el coche junto al Ventorrillo El Chato y, al pisar la arena, uno se encuentra con un cartel que dice: «Tramo de playa en el que se permite la práctica del nudismo». Setecientos metros para despojarse tranquilamente de toda la ropa, sin que nadie te llame la atención ni la policía pueda empapelarte por exhibicionismo público. El Ayuntamiento de Cádiz, con muy buen criterio, aprobó hace unos años una ordenanza para legalizar y señalizar la zona donde tradicionalmente se ha practicado el nudismo en Cortadura. Traspasé entonces esa frontera invisible que separa lo textil de los cuerpos desnudos y me quedé como mi madre me trajo al mundo. Sentir el vientecillo, el sol (muy importante usar protección solar y prestar especial atención a las zonas más íntimas) y, sobre todo, nadar desnudo son sensaciones más que recomendables.

Pero, por desgracia, vivimos aún en una sociedad que muestra una incomprensible incomodidad ante el nudismo (o naturismo), y mucha gente lo considera una inmoralidad. ¿Por qué todavía hay quien se escandaliza al ver tetas, penes o culos? ¿Por qué un cuerpo desnudo en la playa les resulta más inmoral que toda la violencia explícita que se emite a diario en televisión? Esto nos viene de lejos: de siglos y siglos de moral religiosa que ha demonizado hasta la saciedad la desnudez (entre otras muchas cosas), asociándola directamente al pecado, al sexo y a la vergüenza. Nada tiene que ver el naturismo con el exhibicionismo ni con el sexo explícito. Deshacerse de la ropa, en el contexto adecuado, es un ejercicio de autoaceptación. Al fin y al cabo, todos tenemos un cuerpo con sus cicatrices, su grasa, sus estrías, sus varices y sus diferentes tamaños genitales. El bañador, muchas veces, no solo nos viste, sino que también nos oculta y nos protege del juicio ajeno; incluso puede reforzar nuestros complejos, que, más que corporales, son mentales.

No, queridas lectoras y lectores: el nudismo no es ni pecado ni moda. Ya a finales del siglo XIX y principios del XX, el naturismo libertario reivindicaba el cuerpo como un territorio de liberación, una trinchera más contra los dogmas del poder. Así que, este verano, si les apetece, no hagan caso a los puritanos y liberen sus cuerpos (y sus mentes) de las ataduras textiles.

Miguel Ángel Rincón Peña.

Viva Arcos.