El otro día me enteré de que un tal marqués de Tamarón había puesto en venta el Castillo de Arcos por la nada desdeñable suma de 7,9 millones de euros. No sé qué pensaría la tía abuela del marqués, Violet Phyllis Buck, si viera que ahora «su castillo» se encuentra expuesto en la web de una elitista inmobiliaria llamada Sotheby's, a la espera de que algún adinerado aristócrata o similar lo adquiera. Estas cosas le quitan todo el romanticismo y la épica que pudiera tener dicho monumento.

El Castillo de Arcos, otrora conocido como castillo de los Duques de Arcos, fue en su origen un alcázar andalusí, de cuando este pueblo se llamaba Arkus y, en lugar de las campanas, eran los almuédanos quienes, desde los alminares, llamaban a la oración. Aquel alcázar fue conquistado a fuerza de espada por la Corona de Castilla. La fortaleza, situada en plena línea fronteriza, se convirtió en una pieza clave de la defensa frente al Reino de Granada. El castillo pasó entonces a manos de la familia Ponce de León, cuyos privilegios serían ampliados por los Reyes Católicos, seguramente por los servicios prestados durante la mal llamada «Reconquista». En fin, después de pasar por varias manos (incluso fue cuartel de las tropas napoleónicas), el castillo se subastó en 1922 y fue adquirido por Violet Buck, «una bellísima y adorable inglesa». Parece ser que doña Violet, la inglesa jerezana de cabello pelirrojo y ojos cárdenos, habitó y rehabilitó poco a poco el Castillo de Arcos.

Quién pudiera tener un castillo, ¿verdad? Con doce dormitorios, diez cuartos de baño, un gran aljibe, un patio de armas, una biblioteca de veinticinco metros y varias torres, incluida la Torre del Secreto, entre otras muchas estancias. Incluso dice la leyenda que donde hoy se encuentra el bar Alcaraván estaban las mazmorras (esto ya me lo desmintió mi amigo Miguel Ángel Ortega, pero qué sabrá él de leyendas...). Pensándolo bien, mejor quedarse con una casa normal y corriente. Aunque la vivienda no sea todo lo accesible que debiera, aun siendo un derecho constitucional. La especulación, la proliferación de los alquileres vacacionales, las empresas de alojamientos temporales, los fondos buitre y otros fenómenos similares hacen que jóvenes, y no tan jóvenes, las pasen canutas para encontrar una vivienda digna a un precio asequible.

Sin embargo, quienes no tenemos casi ocho millones de euros para comprar un bien de interés cultural podemos mantener la esperanza de que las instituciones públicas adquieran un monumento que es, indudablemente, patrimonio del pueblo de Arcos y no de cualquier ricachón. Porque, aunque algunos no lo tengan del todo claro, esto no es el Medievo, sino el siglo XXI.

Miguel Ángel Rincón.

Viva Arcos.