Aunque yo no creo en ellas, supongo que las teorías sobre la reencarnación tienen algo tranquilizador para los creyentes. Porque nos gusta pensar que nada ocurre porque sí. Que las personas que llegan a nuestra vida no son fruto de una casualidad casi absurda, sino de algún tipo de mecanismo divino que se nos escapa al común de los mortales.
Al parecer, según las creencias budistas, las almas se van encontrando una y otra vez a lo largo de las distintas vidas. Y se buscan, se reconocen y se pueden amar de maneras diferentes. Unas veces como amantes, otras como amigos (incluso como enemigos). El universo, por lo visto, es muy dado al reciclaje. Existe un concepto para nombrar esa conexión: In-Yun. Lo descubrí el otro día leyendo una reseña de una película (Vidas pasadas). Se trataría de una especie de hilo invisible que une a determinadas personas a través del tiempo. Según esta teoría, para poder casarnos o unirnos como pareja con alguien debemos acumular unos ocho mil encuentros. Ocho mil coincidencias. Ocho mil vidas. No sé a ustedes, pero a mí me parece una cantidad totalmente exagerada (pero qué sabré yo de teorías budistas). Eso sí, reconozco que la idea tiene algo hermoso. Pensar que algunas personas aparecen en nuestra vida porque ya estuvieron antes, que esa sensación de familiaridad instantánea no es únicamente por las ganas de idealizar al prójimo. Quizá existan personas con las que venimos de lejos. El amor a través del tiempo. Seguro que les ha pasado eso de conocer a alguien y sentir que ya lo conocían de antes, y estar completamente a gusto con esa persona. Hay quienes llegan y encajan de inmediato, como si uno retomara una relación dejada a medias hace siglos. Supongo que al contrario también sucederá: gente con las que coincidimos en el momento equivocado, o en la vida equivocada y que la cosa no va a más.
Es cierto que los seres humanos tenemos la obsesión de encontrarle significado a todo. Vemos señales donde puede que solo haya azar. Fíjense, hemos inventado, a lo largo de la historia, cientos de dioses para poder soportar mejor nuestra vulnerabilidad universal. En fin, quizá el In-Yun ese no exista, y que todo sea poesía oriental convertida en analgésico sentimental. Pero, qué bonito creer que algunas almas se buscan, desafiando al tiempo y al espacio. Quién sabe, tal vez el amor no consista en encontrar a la persona perfecta, sino a alguien con quien llevamos siglos coincidiendo sin terminar nunca de conocernos, de comprendernos, de descifrarnos del todo.
Miguel Ángel Rincón.
Viva Arcos