En una sociedad capitalista, es complicado no dejarse llevar por ese modo de vida. Pasa igual cuando vivimos en una sociedad machista. Si en nuestras familias nos han educado enseñándonos que el color azul es de niños y el rosa de niñas, si los niños no podían jugar con muñecas ni las niñas al fútbol, si la cocina era territorio exclusivo de las mujeres mientras los hombres esperaban la comida en el salón, sería extraño que esos niños y niñas no fueran machistas en el futuro o, al menos, tuvieran micromachismos aun sin darse cuenta de ello. A lo largo de la historia, la mujer ha sido la esclava del hombre: una simple sirvienta, cocinera, amante, niñera... Todo esto siempre ha tenido sus honrosas excepciones, pero, por lo general, ha sido así y, en la mayoría de los casos, sigue siéndolo.

Recuerdo que cuando era pequeño me encantaba sentarme en una silla de la cocina a escuchar las conversaciones de las mujeres de mi casa. Hablaban de todo un poco: de cómo subían los precios en el mercado, de lo interesante que estaba la novela de turno o de qué vecino se había muerto o estaba a punto de criar malvas. Pero el momento que más me gustaba era cuando hablaban de la familia, de los que estuvieron y ya no estaban, de personas que no conocí, pero que las mujeres de mi familia, sin querer, me estaban presentando de alguna forma. Hablaban, por ejemplo, de lo desgraciada que fue la hermana de la bisabuela de mi tía por habérsele muerto su hijo pequeño, o de lo canalla que solía ser mi tío abuelo, que se escapaba algunas noches por el balcón y se iba al casino a beber vino con los amigos. Una tía mía contaba que, cuando llegaron los “moros de Franco” a Ronda, entraron en la casa y la pusieron patas arriba: “Aún tengo una maleta que uno de ellos rajó con una navaja porque no podía abrirla”, decía. También me gustaba cuando decían refranes, aunque no los entendiera, o cantaban coplas antiguas que hablaban de desamores. Las mujeres siempre han sido las portadoras de la tradición oral en las familias, las encargadas de transmitir historias, costumbres, canciones, refranes y leyendas mediante la palabra, de generación en generación, sin necesidad de escritura alguna.

Afortunadamente, los tiempos cambian, muy lentamente, porque muchos se empeñan en poner palos en las ruedas. Pero, a pesar de ellos, los tiempos van cambiando y las mujeres van ganando derechos que se les negaban, aunque, como digo, sea a pesar de esa ola fascistoide que quiere hacernos retroceder hasta tiempos demasiado oscuros.

Miguel Ángel Rincón 

Viva Arcos