Mientras le doy a las teclas del ordenador, un molesto ruido atraviesa mi cabeza. No tengo localizado el origen, pero debe de ser algún vecino haciendo reformas. El incesante martilleo me perfora los oídos y hace que concentrarse para escribir este artículo sea una misión casi imposible. Un artículo que debe estar a la altura de los lectores que cada semana me leen, así que haré lo posible para que esto salga medianamente bien.
En fin, se podría afirmar que vivimos en la sociedad del ruido, aunque vivamos en un pueblo. Hay días en que todo es ruido a nuestro alrededor: ese simpático vecino que hace reformas en su casa o esa amable vecina que cierra la persiana por la noche como si fuera a decapitar a la mismísima María Antonieta.
Me tomarán por un cascarrabias, pero el otro día esperaba pacientemente en la sala del centro de salud y, de repente, el móvil de una mujer empezó a sonar. No fue eso lo peor; lo peor fue el volumen de la conversación. La buena señora le gritaba a quien estuviera al otro lado de la línea cómo hacer un puchero. Seguramente sería su hija, la cual, a juzgar por los gritos, debe de estar sorda como una tapia. Hay gente que habla así por el móvil; qué le vamos a hacer. Luego sale uno a la calle y se encuentra con motocicletas, coches, sirenas, obras… En definitiva, ruido y más ruido.
¿Se han dado cuenta de que esta sociedad nos avoca irremisiblemente al ruido, a la prisa y a los estímulos continuos? Y el móvil es el aliado perfecto para mantenernos en estado de alerta dentro de ese ambiente enloquecedor: cientos de notificaciones interrumpiendo nuestras rutinas, musiquilla constante por todas partes, gente incapaz de caminar o hacer ejercicio sin auriculares, miles de aplicaciones diseñadas estratégicamente para que el contenido nunca termine, podcasts (y pastillas) para ayudarnos a dormir…
Como ven, todo es una gran locura. Podría seguir con los ejemplos: niños que ya no miran por la ventanilla del coche porque están hipnotizados viendo vídeos en bucle; el impulso automático de sacar el móvil en cualquier situación (en mitad de una película, leyendo un libro, conversando o comiendo); la ansiedad y el temor a quedarse sin batería y estar “desconectado” durante unas horas, etcétera.
Pero, para ruido, el que nos han dado los políticos con sus promesas electorales. ¡Qué tabarra! Menos mal que, cuando pasen las elecciones, volverán a sus despachos y al Parlamento hasta dentro de cuatro años.
Miguel Ángel Rincón. Viva Arcos.