El pasado viernes se homenajeó en el teatro de Villamartín, su pueblo, al escritor Diego Alpresa López y a su alter ego, ‘besulp’. Instantes antes de comenzar el acto, estuve hablando con varias personas cercanas al escritor culiblanco, y una de ellas me preguntaba si merecía la pena; si el poco reconocimiento, la escasa asistencia en algunas ocasiones, la indiferencia del público y las trabas impuestas por las instituciones no nos hacían caer irremisiblemente en el desánimo más absoluto. Es cierto que, a veces, viendo el panorama, entran muchas ganas de mandarlo todo a freír espárragos trigueros. Todo el trabajo intelectual y organizativo (preparar actos con semanas o meses de antelación, gestionar, coordinar, difundir… por amor al arte), aun siendo respaldado, supone un desgaste físico y emocional considerable. Son muchas las veces que uno piensa en abandonar, en irse tranquilamente a su casa y no meterse en más líos culturales. ¡Que lo hagan quienes cobran por ello!, podríamos pensar, no sin razón. Pero la cultura, el arte y todo ese maravilloso mundo inoculan un veneno difícil de expulsar. Es como una sana droga que llega al corazón y este la bombea a todo el cuerpo.

Cuando concluyó el acto de homenaje a ‘besulp’, me encontré de nuevo a esa persona y le dije: «¿Ves cómo merece la pena todo esto?». Aquella noche, sin duda, mereció el esfuerzo y el tiempo invertido. Quizás no todo el mundo pueda entenderlo, pero la poesía, la música, las emociones y la memoria compartida son un alimento que nos da fuerzas para continuar caminando. Y aunque, muchas veces, uno se vea casi solo presentando un libro o dando una lectura poética, actividades como las del viernes compensan los sinsabores. Seguimos en pie de cultura porque siempre hay alguien que escucha y se emociona; porque puede que algún joven descubra la poesía, la novela o un libro a través de nosotros; y porque los pueblos, sin cultura, se quedan en silencio, como las piedras, como las hojas mustias en otoño.

En definitiva: la cultura no suele ser rentable, pero es necesaria. Y parafraseando, para finiquitar el asunto, al homenajeado, me despido diciendo: «¡Que me quiten lo soñado!».

MIguel Ángel RIncón. VIva Arcos.