Acabo de terminar de leer un poema de don Antonio Machado sobre la primavera, y se pone uno a reflexionar (bendita poesía), porque, sin darnos cuenta, van pasando los días como pasan los trenes de estación en estación. Pasan, como pasan los aviones por nuestros añiles cielos, dejando tras de sí un rabo de nube (que diría Silvio Rodríguez) como recuerdo de su senda. Y con ese incesante transcurrir de días, semanas y meses, llegó la primavera el pasado 20 de marzo, tras un invierno, como bien saben ustedes, cargado de agua. Un invierno que nos caló hasta los huesos, que inundó campos, pueblos y desbordó arroyos y pantanos, recordándonos el tremendo poder que tiene la naturaleza. En inviernos así, uno comprende que por mucho que nos empeñemos, solo somos diminutas hormiguitas a merced del vendaval. Deberíamos ser más humildes y aprender esa lección tan importante.
Ahora, con el olor a azahar aromatizando las calles de nuestros pueblos y la naturaleza desperezándose de nuevo en su incipiente verdor, parece que nuestro ánimo se vuelve a reactivar. La primavera tiene esa capacidad especial de reconciliar a la gente con la vida. Será la alegría que dan sus tardes más largas, su radiante luz... Es como una renovación psicológica. Tal vez por eso conviene detenerse un instante, tal como les contaba algunos artículos atrás, y mirar a nuestro alrededor. Observar la belleza de todo lo que nos rodea a los que tenemos la inmensa suerte de vivir en el medio rural. Con la primavera comienza un nuevo ciclo, una nueva promesa. Los poetas lo han sabido desde siempre y le han cantado a esta época del año de muchas formas. También le han escrito al comienzo del fin, porque toda flor que se abre comienza, desde ese mismo instante, su camino hacia la marchitez. Sabiéndolo, seguimos celebrando la primavera como si fuera imperecedera, como si esa belleza no fuera efímera, como si no tuviera fecha de caducidad, pero el tiempo, ya anda maquinando, preparando pacientemente y en silencio su veredicto final.
Seguramente esa sea la auténtica lección de estos días luminosos: admitir deportivamente el ciclo de la vida sin miedo, sin ansiedad; abrazar lo efímero y aprender a valorar cada amanecer como si fuera el primero y cada atardecer como si fuera el último. Por cierto, el poema de Machado comenzaba así: “La primavera besaba / suavemente la arboleda, / y el verde nuevo brotaba/ como una verde humareda”.
MIguel Ángel Rincón. Viva Arcos.