Me he traído el portátil al que hace muchos años fue mi domicilio. Y aquí estoy, sentado en mitad de esta casa en ruinas que antes fue un hogar. Antaño, cuando yo era un niño juguetón y despreocupado, esta casa me parecía inmensa: me entretenía por las tardes buscando nuevos recovecos en los que esconderme o construir mi base de operaciones, mi refugio secreto. Hoy, parece que las paredes y los techos han menguado. Todo está deshecho ahora, pero aquí, en este mismo espacio, fui feliz en mi niñez y en mi juventud. Recuerdo el patio lleno de macetas: helechos, rosales, jazmines, pilistras, geranios. En primavera, el patio parecía un auténtico vergel. Luego estaba la azotea, que también formaba parte de mi territorio de juegos. Allí, entre la ropa tendida y los gatos tomando el sol de mediodía, competían mis coches de carrera en un circuito improvisado. O jugaba con la elastiquera que yo mismo fabricaba con el gollete de una botella de plástico, un globo y una gomilla como sujeción. También tenía los soberaos a mi disposición para trapichear después de hacer los deberes. En ellos leía mis cómics, escuchaba música y observaba, desde una ventanita, a los coches y peatones pasar.

Ahora, mientras tecleo este artículo, estoy en uno de los soberaos, el más grande, el que más chismes guarda. Llevo algunas semanas explorando, investigando, encontrándome con documentos de todo tipo y fotografías antiquísimas. Las miro y parecen de una dimensión desconocida, de otro mundo. En un baúl, entre sábanas y colchas, he encontrado un viejo transistor, varias imágenes de santos y una bolsita con llaves antiguas. Qué misterio lo de las llaves: algunas llevan casi un siglo sin abrir ninguna puerta, pero ahí están. Para colmo, he estado investigando sobre esos modelos de llaves y se llaman “tipo esqueleto”. A mi madre le gustaba guardar esas cosas: artilugios inservibles como una vieja radio que no funciona, estampas descoloridas de la Virgen del Carmen, un pequeño quinqué incapaz de alumbrar o llaves que ya no abren nada. Pero supongo que todos esos objetos tendrían su valor para ella, serían su forma de mantener viva la memoria de otros tiempos.

Pienso en todo esto mientras le pongo el punto final a la columna de esta semana. Cierro el ordenador portátil, me levanto del raído asiento y miro a mi alrededor, chasqueando la lengua. Aquí se queda el polvo, los carcomidos muebles, los escombros, las vigas de madera… pero la casa se viene, de algún modo, conmigo, allá donde yo vaya, porque hay casas que están hechas de memoria más que de ladrillos.

Miguel Ángel Rincón.

Viva Arcos.