Caminaba la otra tarde por el pueblo, sin rumbo fijo, simplemente por el placer de caminar. Iba pensando en mis cosas: tejiendo nuevos proyectos, elucubrando sobre mil situaciones…, cuando, de repente, vi en la puerta de la parroquia un coche funerario esperando. Volví súbitamente a la realidad y pensé entonces que la vida está llena de despedidas, de cosas que hacemos por última vez sin ser conscientes de ello. ¿Recuerdan cuándo fue la última vez que jugaron en la calle con sus amigos? Con aquella última vez se esfumó la infancia, abandonamos el paraíso de la niñez y nos convertimos en adultos.

Intenten recordar la última vez que cogieron de la mano a un niño antes de que empezara a caminar solo, o la última vez que dijeron «ya volveremos otro día», sin saber que ese día no llegaría jamás. Hagan ahora un esfuerzo y traten de recordar la última vez que dieron un beso a ese ser querido al que ya no volvieron a ver. La última palabra, el último gesto… Seguramente, visto desde la distancia, piensen que aquella despedida podría haber sido mejor: más cariñosa, más afectiva, con muchas más cosas que decirle. Pero, ¿quién podía saber que sería la última?

La vida, queridas lectoras, está llena de finales inesperados y silenciosos. Y como no somos capaces de reconocerlos, los dejamos pasar, igual que dejamos pasar el tiempo. A posteriori, llega la ansiedad y la memoria se empeña en retroceder. Con los años, uno empieza a sospechar que la vida se compone, en gran medida, de esas últimas veces que ocurren sin que nos demos cuenta. No son grandes despedidas, sino pequeños adioses que suceden mientras estamos ocupados viviendo a toda prisa. La velocidad, lo inmediato, se han adueñado de nuestra época. Vivimos desquiciados, corriendo de aquí para allá como pollos sin cabeza. De las noticias apenas leemos los titulares; ni siquiera somos capaces de sentarnos a ver una película o una serie sin consultar el móvil a cada instante. Vamos saturados de cafeína, de teína, de todo tipo de estimulantes energéticos. Para el capitalismo y su sociedad de consumo no somos más que meros clientes, por eso nos bombardean constantemente con publicidad por todos lados. Quizá, si fuéramos verdaderamente conscientes de que, tarde o temprano, un coche fúnebre también nos esperará, cambiaríamos nuestros hábitos y empezaríamos a vivir de una forma más humana.

Miguel Ángel Rincón. Viva Arcos.