¿Sabían ustedes que la colilla es el residuo más abundante del planeta? Se calcula que cada año se tiran alrededor de 4,5 billones (con b de burro) de colillas en todo el mundo. En calles, terrazas de bares, playas, parques y espacios naturales, todo está lleno de colillas que desprenden nicotina, metales pesados y otras sustancias tóxicas al suelo y al agua. Esto me lleva a pensar en la falta de concienciación de las personas fumadoras o, al menos, de la mayoría de ellas (no me gusta generalizar). A mí me parece perfecto que quien quiera fumar, fume; allá cada cual con su salud. Pero que respete a quienes le rodean, porque con lo que no estoy de acuerdo es con que los demás tengamos que respirar el humo (que contiene más de 7.000 sustancias químicas, cientos de ellas tóxicas y decenas cancerígenas), soportar su olor o ver cómo arrojan sus colillas al suelo. Muchas veces he visto a niños pequeños jugar en el suelo de una terraza o en la arena de la playa donde hay colillas arrojadas por fumadores maleducados.
¿Se imaginan ustedes que alguien que está tomando un café en una terraza escupiera en el suelo cada cierto tiempo o tirase basura delante de todo el mundo? Entonces, ¿por qué lo hacen con las colillas de sus cigarrillos? ¿En qué momento se normalizó esa actitud? Existe una naturalidad pasmosa con la que algunos fumadores invaden el espacio común. Precisamente, en estos días se está hablando mucho del tema porque el Consejo de Ministros ha aprobado el proyecto de reforma de la Ley del Tabaco, para prohibir fumar y vapear en las terrazas de bares y restaurantes, en playas y piscinas públicas, instalaciones deportivas, etcétera. Ese proyecto aún debe superar su tramitación parlamentaria, que, tal y como está el patio, no sé yo si lo conseguirá.
A mí me gustaría plantearles una pregunta a los fumadores que están en contra de esta reforma legislativa: ¿por qué creen que ha llegado el Gobierno a tener que legislar una cuestión que podría haberse resuelto con un poco de educación y consideración hacia los demás? Con responsabilidad cívica las cosas irían mucho mejor, y no solamente con el tabaco, sino también con aspectos como el reciclaje, la recogida de las caquitas de los perros o el respeto por las plazas de aparcamiento reservadas para personas con movilidad reducida. En mi mundo ideal las prohibiciones no existirían porque habría educación y respeto, dos valores esenciales para la vida en sociedad.
Que pasen un buen agosto y nos seguimos leyendo en septiembre.
Miguel Ángel Rincón.
Viva Arcos.