Sabemos de sobra que el ser humano es una criatura frágil, por más que, mayoritariamente, quiera aparentar lo contrario. Somos quebradizos como una brizna de hierba, pero nuestro monumental ego nos impide ser del todo conscientes de ello. Comenzamos siendo una simple célula; luego da lugar a un embrión. En cuestión de semanas, el embrión pasa a considerarse feto. Luego, ya saben, la hembra humana, al igual que cualquier otro animal mamífero, da a luz a un bebé, una pequeña persona que, sin la ayuda y protección de sus progenitores, no podría salir adelante. Este proceso biológico se repite continuamente en todos los lugares del mundo, sin importar raza, credo ni condición. Hace un par de noches, estuve viendo (otra vez) “2001: Una odisea del espacio”. Siempre me sugiere cosas nuevas; es como si Stanley Kubrick se riera de mí en mi cara. La primera vez que la vi, cuando el que esto firma era un joven imberbe, había momentos en los que pensaba: “Pero, ¿qué cojones estoy viendo?”. La última media hora me resultaba una locura fascinante. Al final, me quedaba con cara de tonto. Así estuve hasta que comprendí que Kubrick no buscaba que la película se entendiera, que no quería que le diéramos una interpretación literal a lo que vemos en cada escena. Llegué a la conclusión de que hay que dejarse llevar, introducirnos en su mundo, sentirlo y sacar nuestras propias conclusiones cuando llega el final. Pues el otro día la película me llevó a reflexionar y escribí ese primer párrafo del comienzo: la fragilidad del ser humano, lo maravillosos que podemos llegar a ser y también lo tremendamente estúpidos. Un ejemplo actual de esto es que hemos creado la inteligencia artificial para que nos ayude, pero vamos camino de acabar dependiendo de ella. La IA nos puede facilitar las cosas; es aplicable a una infinidad de cuestiones (investigación científica, medicina, agricultura, educación, etc.), pero también puede convertirse en algo peligroso que consiga que dejemos de pensar por nosotros mismos, que nos manipule con información falsa, que nos robe nuestra privacidad o que dependamos emocionalmente de ella. Sin hablar del uso militar (eso sí que da miedo). Otra cosa que, más que miedo, da repulsión son la infinidad de cartelitos creados con IA que podemos ver por todos lados. Es una plaga. Hasta las instituciones públicas tiran de ChatGPT para hacer la cartelería. Seguro que artistas y diseñadores estarán encantados con esa cuestión. En fin, lo que decía: podemos ser maravillosos y también muy estúpidos. A las pruebas me remito.

 Miguel Ángel Rincón

Viva Arcos