Imagínese usted que se levanta de la cama un día cualquiera, se asea, desayuna, se despide de sus familiares y monta en su vehículo camino al trabajo. La rutina de siempre. De repente, mientras va pensando en sus cosas, se despista por un momento y el coche acaba saliendo de la calzada, u otro coche que va en dirección contraria a la suya comete alguna imprudencia y se lo lleva por delante. Y, entonces, todo es oscuridad. La escena, en tan solo unas décimas de segundo, se ha fundido a negro. Todo se acaba: sus planes a corto plazo, sus proyectos, todo. El estridente sonido de las sirenas abriéndose paso hiela la sangre de los demás conductores.

Nadie lo piensa, pero la vida puede cambiarnos en cuestión de minutos, y no hace falta ponerse en carretera para que se produzca ese dramático cambio; en el sillón de casa, viendo una peli, el brazo izquierdo empieza a molestar, un dolor que se agudiza en el pecho y seguidamente se produce lo que comúnmente llamamos un ataque al corazón. O en la ducha, un mal resbalón, la cabeza, por mala suerte, va a dar contra el grifo y bye, bye. Nadie lo piensa, es cierto, pero la posibilidad siempre está ahí. Por eso creo que deberíamos vivir la vida como si fuéramos a morir mañana (esto último suena a canción de Leiva); no dejar nada importante para otro día: si ha de besar, bese; si ha de abrazar a alguien, abrácelo; si ha de hacer ese viaje que tiene en mente desde hace años, hágalo. Recupere amistades perdidas, recobre la ilusión de llevar proyectos a cabo (consejos vendo y para mí no tengo). Porque la parca es un tahúr que siempre gana, aunque tenga que utilizar trampas y engaños varios para ganar el juego.

En todas estas cuestiones pensamos muchos el pasado martes, cuando nos enteramos del fatal accidente ocurrido en la A-373, cerca de la ermita de Las Montañas, en el término municipal de Villamartín.

En fin, que, en cuestión de segundos, una familia puede perder a un ser querido, un pueblo se puede quedar sin un vecino o vecina y, entonces, todos volvemos a recordar lo frágil que puede ser nuestra existencia. Lo extremadamente frágiles que somos. Quizá no podamos evitar los accidentes, ni mucho menos lograr torcerle el brazo al destino, pero sí podemos decidir cómo vivimos, que no es poca cosa. Y cuando nos llegue la hora de partir para siempre, podamos decir, al igual que Neruda, aquello de “confieso que he vivido”.

Miguel Ángel Rincón Peña. Viva Arcos.