Aprovechando estos días de asueto que nos da la Semana Santa, he estado ordenando cosas en la casa de mi madre. Ahora está vacía, lleva muchos años así, pero los recuerdos lo llenan todo. Recuerdos por todos lados: en el salón, el comedor, el patio, el soberado… Me produce una sensación muy extraña y difícil de explicar entrar a la casa y recorrer sus estancias. Aun así, lo hice y me puse a ordenar cajones, baúles y cajas amontonadas. En uno de esos baúles encontré una bolsa repleta de fotografías antiguas. Las más antiguas en blanco y negro, y en color sepia las que pertenecían a los años setenta-ochenta. Encontré fotografías donde había familiares a los difícilmente reconocía, pero en otras había personas totalmente desconocidas para mí. Es evidente que todas ellas están ya muertas. Mientras las sujetaba en las manos, me pasaban por la cabeza muchas hipótesis. El tiempo congelado en un determinado momento. Una pose para la posteridad. Qué habría sido de aquella muchacha que sonríe sentada en un parque, o de la mujer que pasea vestida de negro con rostro serio. Cómo se llamarían, qué relación tendrían con mi familia. También encontré otra fotografía muy curiosa tomada a finales de los años 30. Es una imagen familiar realizada en un estudio de la época. Siete personas: una pareja mayor (mis bisabuelos), tres adultos jóvenes (mis abuelos y mi tío abuelo) y dos niños (mis tíos), vestidos todos con tonos oscuros. Los hombres llevan un lazo negro en la solapa que sugiere la posibilidad de que estuvieran de luto. Todos miran al frente, hacia la cámara, con gesto solemne, incluso los niños. Estuve un buen rato observando algunas de las fotografías que contenía aquella bolsa y pensando en lo importante que es el formato físico. Casi noventa años después, ahí estaban ese montón de imágenes, en mis manos, a la vista. Hoy en día, con lo digital, las fotos se diluyen, se extravían en tarjetas de memoria, se borran cuando cambiamos de móvil, etc.

Yo me aficioné a la fotografía cuando era tan solo un niño, gracias a mi tío Antonio, que tenía una Kodak del año catapún y se dedicaba a fotografiar todos los eventos familiares. Recuerdo que nunca me dejaba tocar aquella cámara, pero llegó el día en que los dos estábamos sentados en la plaza de mi pueblo y, de repente, desenfundó la vieja Kodak y me la puso en las manos. Me explicó por dónde tenía que mirar y dónde se encontraba el disparador. Mi primera fotografía se la hice a la antigua fuente de la plaza e, indirectamente, también a la fachada de la parroquia de Prado del Rey. Desde entonces, amo esos aparatos que son capaces de contener el tiempo en una imagen.

Miguel Ángel RIncón. Viva Arcos.