Este mes de octubre es el mes europeo para la sensibilización del TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Para quien le suene a chino mandarín, es una afección neurobiológica de origen posiblemente genético que comienza en la infancia. Antes, hace muchos años, cuando el que esto escribe era un niño, las siglas del TDAH ni se conocían. En España comenzaron a utilizarse en ámbitos clínicos y educativos a partir de principios de los noventa, consolidándose popularmente a principios de los 2000. Coloquialmente, se hablaba de “niños hiperactivos”, “niños nerviosos” o “niños traviesos”. Al contrario de lo que muchos creen, no se debe a una mala educación, falta de voluntad o despiste; todo lo contrario, las causas se relacionan con sutiles diferencias en el desarrollo y en el funcionamiento cerebral. Las principales características suelen ser la dificultad para mantener la concentración, el movimiento corporal constante, una sensación interna de agitación mental y verbal y una impulsividad difícil de controlar. Antaño, este tipo de alumnado solía ser carne de cañón para el fracaso escolar. Sin embargo, ahora existen protocolos de detección en los colegios, lo que obliga a los docentes a familiarizarse con estas siglas de manera cotidiana. Hay apoyos y estrategias que antes no había. Andalucía, por ejemplo, dispone de normativas específicas que obligan a adecuar los criterios de evaluación y adaptar los exámenes para garantizar una igualdad académica real.

Tener un hijo o hija con este trastorno no es sencillo, pero es un orgullo verlos venciendo sus miedos y consiguiendo metas. Sin ir más lejos, el pasado sábado, mi hijo consiguió enfrentarse a la hipersensibilidad auditiva asistiendo a su primer concierto. Le costó mucho tomar la decisión, pero, a sus casi once años de edad, logró entrar en una sala de conciertos y ver a una de sus bandas favoritas. En la cola de la entrada ya estaba nervioso (“Papá, tengo cosquillas en la barriga”); le daba pánico el sonido de la batería en directo. Una vez dentro, nos colocamos al final, donde pudiera sentirse seguro. De repente, Amancio, Roberto e Isidro aparecieron en el escenario y Tennessee comenzó a tocar sus clásicas canciones. Su madre y yo estábamos a la expectativa, pero él, en aquel mismo momento, sintió que había vencido y, al fin, pudo disfrutar de su primer concierto. Verlo cantar, bailar y sonreír gracias al poder de la música es toda una recompensa. En fin, pequeñas victorias que para quien las vive son enormes. Está claro que la música es terapéutica (y, además, divierte).

Miguel Ángel Rincón.

Viva Arcos.