Para la columna de esta semana tenía preparado un artículo diferente a lo que sigue. Mi intención era comentar asuntos más livianos que ocurrieron en estos días, pero llegué a casa a la hora de almorzar y me encontré con la triste noticia del desahucio de una mujer de 87 años. Y fui testigo, mientras me llevaba la cuchara de potaje a la boca, de las infames imágenes. Una empresa inmobiliaria, actuando con las mismas artimañas que cualquier fondo buitre, ha desahuciado a la señora Maricarmen de su hogar. Los vampiros inmobiliarios querían subirle el alquiler de los 500 euros que pagaba hasta ahora a 1.650 euros mensuales, una cantidad imposible de asumir con su pensión. Los desahuciadores, que en todo momento se han negado a mantener negociación alguna, han logrado echar a Maricarmen, gracias a la actuación de la Policía Nacional y la comisión judicial. Debido a su frágil estado de salud y a su movilidad reducida, la buena mujer tuvo que ser trasladada en ambulancia camino del hospital.
Maricarmen vive en ese piso desde 1956, cuando, con tan solo 17 años, se trasladó allí con sus padres, que firmaron un contrato de renta antigua. Tras el fallecimiento de sus progenitores, ella continuó habitando la casa y pagando el alquiler mensual. La situación cambió drásticamente cuando la propiedad del edificio fue adquirida por inversores. En 2020, la sociedad de inversión Urbagestión tomó el control de la vivienda y la empresa llevó el caso a los tribunales. Para sorpresa de nadie, el Tribunal Supremo falló a favor del fondo de inversión. El día del desahucio, cientos de activistas y vecinos acamparon y trataron de bloquear el acceso al portal de forma pacífica (por lo que fuera, no se vio ninguna bandera franquista ni cruces de Borgoña), siendo apaleados por los agentes, que no dudaron en repartir estopa, como bien manda la ley. Qué triste todo, ¿verdad?
Pues oigan, el peligro, al parecer, son los migrantes que entraron a Ceuta, porque son invasores que van a acabar con España. Sin embargo, los fondos buitres, que en su mayoría tienen su sede central en Estados Unidos o en paraísos fiscales (como las Islas Caimán o Luxemburgo), son hermanitas de la caridad. Así están las cosas en pleno siglo XXI.
Me despido hasta la semana que viene con “Desahucio”, un breve poema que Rafael Alberti escribió para su libro “Sobre los ángeles”: Sola, / sin muebles y sin alcobas, / deshabitada.
