40 Planes de Fuga
El prólogo es de Daniel Pérez Martínez, la ilustración de la cubierta de Sandra Rubio y la fotografía de contraportada de Ale Márquez.
Ed. Seleer, Málaga, 2016
Daniel destaca dos rasgos en estos poemas. En primer lugar el amor: “El amor de Miguel Ángel Rincón es un amor grande que se construye sobre anécdotas pequeñas, como todo amor que merezca la pena. Rincón ama a otra persona y por eso ama también sus momentos, la mirada fugaz al asiento del copiloto, la música de los tacones sobre el empedrado, el refugio de un abrazo frente a la chimenea”.
En segundo lugar, la alegría: “También hay en los poemas de Rincón una alegría particular, una suerte de felicidad modesta, de la que no presume, y que quizá por eso vale el doble; una especie de quietud que tiene que ver con que todas las piezas del puzzle encajan cuando suena Dylan y ella mira por la ventana y se saldan así todas las deudas pendientes y se rompen todos los contratos que, inocentemente, firmamos con nosotros mismos cuando aún no conocíamos el peso de nuestra imperfección”.
El amor nos libra de la mediocridad, de la rutina y de la soledad. El libro consta de dos partes, la primera destila optimismo, la alegría del deseo: mi eterna noche se vuelve amanecer, escribir es reptar por tu piel, verano entre tus piernas, una espiral en su espalda, huracanes de nombres impronunciables… Y con Dylan de fondo, quizás utópico, a pesar de todo. Sin embargo, la segunda brota del desgaste de la existencia, de los miedos cotidianos y la angustia que envuelve a todo deseo: cicatrices, sueños incumplidos, la vida es un campo de minas, los días de invierno son facas afiladas, un gato mira al techo, emerger del pozo negro y putrefacto que es la vida, una mirada llena de deudas, melancolía... Y Tom Waits de fondo, desgarrado.
Daniel Pérez subraya la función vital de esas fugas: “Lo que el poeta ama, en definitiva, es el regalo de la huida. La certeza de la huida. La posibilidad de levantar, puertas adentro, un muro de caricias, o de besos, o de construir una red de complicidades domésticas que lo proteja de la hostilidad del invierno, de la angustia de los formularios, de la lluvia que golpea el asfalto detrás de las paredes”.
