Pasó el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y se me quedó un regusto tan dulce como amargo. Dulce por ver manifestarse a muchas mujeres en la calle, reivindicando sus derechos, y amargo porque gran parte de la sociedad no concibe aún que las mujeres salgan a defender lo que son y a denunciar todas las injusticias que sufrieron y siguen sufriendo. Toda esa violencia ejercida por el machismo que viola, apalea y asesina a mujeres; machistas que las insultan en las calles y en las redes sociales. Esos mismos machistas, y quienes niegan la violencia ejecutada por el machismo contra las mujeres, son los mismos que utilizan sus discursos de odio para atacar al feminismo. Me parece una actitud despreciable, digna de auténticos depravados. Decía Eduardo Galeano que el machismo es el miedo de los hombres a las mujeres sin miedo.

A mí me gustaría que reflexionásemos sobre el papel de la mujer a lo largo de la geografía y de la historia. Las mujeres siempre han sido relegadas a ser madres, esposas, cuidadoras…, condenadas a la cocina, a criar hijos y a aguantar mecha. Cuando uno toma conciencia de todo lo que han tenido y tienen que pasar las mujeres por el simple hecho de ser mujeres, cuando se conoce la verdadera historia, uno no puede sino aterrorizarse. El patriarcado, esa palabra a la que los ultras quitan importancia, puso pesados yugos a las mujeres, las encadenó y las esclavizó sin el menor atisbo de remordimiento. Afortunadamente, en nuestro país la situación de la mujer ha mejorado ostensiblemente desde que acabó la dictadura, propiamente dicha, aunque la lacra continúa en forma de brecha salarial, acoso, maltrato, asesinato (desde el año 2003 han sido asesinadas en España 1.350 mujeres por violencia de género), etcétera.

En otros países, nacer mujer es lo peor que le puede pasar a una persona, y no exagero, ya que hay sociedades que practican atrocidades tan inhumanas como la ablación del clítoris, lapidaciones, matrimonio infantil, la obligación de llevar niqab y burkas, etc. Ser mujer en uno de esos países significa estar enterrada en vida.

Hace algunos años leí un artículo de la periodista Soledad Gallego-Díaz que me gustó mucho por su claridad. Lo he buscado y he extraído esta cita para concluir la columna de esta semana: “Para combatir el antisemitismo no hace falta ser judío, como tampoco para luchar contra el racismo hace falta ser negro. Lamentablemente, a veces parece que, para combatir la discriminación de la mujer, hace falta ser mujer”.