La otra mañana, camino del trabajo, no tuve más remedio que detener el coche a la entrada de un carril y bajarme unos instantes a disfrutar de todo eso que está a nuestro alrededor y que, la mayoría de las veces, ni nos damos cuenta. El campo estaba resplandeciente esa mañana, porque el sol iluminaba con su templada luz las gotas de rocío que pendían de los pétalos de las florecillas o de las briznas de hierba verde recién nacidas. La lluvia, esa que en demasía destroza todo lo que encuentra a su paso, también es creadora de vida. Frente a mí se erigía, como una fortaleza mitológica, la Sierra Margarita y, al fondo, imponente, el Torreón. A mi espalda quedaba la callada silueta de Villamartín, con la torre de la iglesia destacando en mitad de un charco de casas blancas y tejados plomizos. Cientos de pajarillos revoloteaban, con sus cantos alegres, anunciando un nuevo día.
A tan solo unos metros, algunos vehículos pasaban acelerados, arrastrando las prisas de sus conductores y pasajeros. Me quedé un momento allí, quieto, en silencio, a sabiendas de que, con las carreteras tal y como están, seguramente llegaría con la hora justa a mi destino. Pero no me importó, porque a veces necesitamos parar, respirar, observar y sentirnos parte del planeta; sentir que, aunque no todo vaya bien, aunque existan problemas que no se van a solucionar respirando y observando la naturaleza, seguimos vivitos y coleando. Parafraseando a Albert Camus: «En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible».
Ahora que vienen días más amables, habrá que aprovechar para salir al campo y desconectar, en sentido literal, de todo lo que nos ata en nuestra rutina diaria. Salir al campo significa poner el móvil en modo avión o apagarlo directamente, porque, si no, difícilmente podremos disfrutar de esa conexión con la naturaleza. Olvidar el trabajo, las tecnologías, los ruidos, los inconvenientes… y disfrutar como un niño, simplemente. Volver a la raíz, a lo esencial. Henry David Thoreau nos lo dejó dicho en su libro La vida en los bosques, donde relató su experiencia de vivir de una manera simple y en soledad en una cabaña que él mismo construyó a orillas de un lago: «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida». Si les interesa el tema, háganse con ese libro. Theodore Kaczynski también lo leyó, pero esa, queridos lectores, es otra historia.