Cuando era mucho más niño de lo que soy ahora, me encantaba leer tebeos (y también su tacto y su olor). En realidad, ahora que ya no soy tan niño, aún me gusta hacerlo. Recuerdo aquellas historietas de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Astérix, Tintín, etc. Conforme iba creciendo, los cómics iban cambiando y comenzaba a leer títulos como Superman, Batman, Spiderman, Los Vengadores y muchos otros por el estilo. De todos, Superlópez es el que, con diferencia, más he leído y, después de tantos años, de vez en cuando agarro alguno de aquellos viejos cómics que aún conservo como oro en paño y lo vuelvo a leer.
Ahora la lectura es diferente, porque lo entiendo todo desde otra perspectiva, pero me sigo riendo tanto o más que antes con todas las ocurrencias y las aventuras del mejor antihéroe que ha dado Catalunya (con permiso de Junqueras). Recuerdo que muchas tardes, en vez de hacer los deberes del cole, me ponía a leer alguna historieta y, si era de Superlópez, mi madre escuchaba mi risa desde el salón, y con voz amenazante, me cortaba el rollo: «Haz la tarea y deja los tebeos».
Muchos años después, allá por 2006, conocí a un dibujante llamado Juan Kalvellido. El susodicho, oriundo de Villamartín, apareció de la nada y desde ese mismo momento, construimos una amistad que, aun en la distancia, conservamos casi intacta veinte años después. Me envió por correo algunos tebeos dibujados por él: Por amor al arte, Los zulos del Estado, Entre la España y la pared o A Chankete le olía el aliento. Evidentemente, eran historietas que nada tenían que ver con aquellas que yo conocía; las de Kalvellido estaban llenas de ironía, reivindicación social, insurrección y mala hostia; en definitiva, puro punk. Esto se entiende porque el «debuante de mielda», que así se autocalifica, venía directamente de los fanzines (Do It Yourself) ochenteros y noventeros, siguiendo, en cierta manera, la estela de Gallardo y su Makoki, Carlos Azagra y sus Pedro Pico y Pico Vena o de los geniales Ibañez y Jan.
Juan Kalvellido seguramente se morirá (pero sin prisas, que nunca fuimos aficionados a las misas de réquiem) sin que su pueblo le haga un reconocimiento a su labor en vida. Los homenajes, con el protagonista dentro de una caja de pino, no molan tanto como cuando se está vivito y coleando. En fin, hoy me acordé de los tebeos porque en clase estuvimos dando este tema y me di cuenta de que los críos y crías de hoy en día (al menos la mayoría) ya no leen historietas. Demasiadas pantallas, supongo.