Ya lo dijo don Francisco de Asís Palacios Ortega, más conocido como El Pali: “habría que hacer más pavías de bacalao y menos misiles”. Esa sentencia, lamentablemente, siempre está de actualidad, más aún en estos días en que los mandamases del mundo andan enfrascados en sus conflictos armados. Nuevas guerras con nuevas armas, pero conservando las mismas premisas: ganan los poderosos y pierden, siempre, los de abajo. Los intereses de los que emprenden las guerras son muy diferentes a los intereses de los que participan (directa o indirectamente) y mueren en ellas. Parece ser que, en tantos milenios, la humanidad no ha aprendido absolutamente nada en este aspecto. Nos seguimos matando igual: antes a garrotazos, ahora con drones kamikazes; antes con lanzas y espadas, ahora con misiles ultrasónicos. Los soldados acaban siendo carne de cañón, objetivos a batir, y los civiles, simples daños colaterales. El poeta francés Paul Valéry decía que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”.

El otro día, en los informativos, daban la noticia de que una escuela en Irán había sido bombardeada, asesinando a más de cien niñas. Y eso lo veíamos mientras almorzábamos, como quien ve un concurso o una película en la tele. La normalización de la barbarie, eso es lo que quieren los que hacen las guerras, despersonalizar a las víctimas, ya sean niñas, mujeres, ancianos, etc., y convertirlas en cifras, en simples datos estadísticos. Al día siguiente se comete otra atrocidad o se ofrece alguna que otra maniobra de distracción, y nos borran de la memoria esas ciento y pico de niñas, víctimas de la brutalidad imperialista y de sus intereses petrolíferos y gasísticos. Al final, todo se reduce a eso, a intereses económicos. Quien crea que Donald Trump y Benjamín Netanyahu actúan por amor a la civilización y en pos de liberar pueblos de gobiernos dictatoriales se equivoca estrepitosamente. La historia está ahí para consultarla, para aprender de ella, y aunque dicen que la historia la escriben los vencedores, con una visión más o menos crítica e investigando en varias fuentes podemos acercarnos a esa palabra tan manipulada siempre: la verdad. La verdad, dicen también, es la primera víctima de cualquier guerra, y en estos tiempos globalizados, en los que las noticias fake campan a sus anchas por las redes sociales e, incluso, por los medios de comunicación, mucho más. Hay que estar al loro para que no nos la den con queso. Desde aquí, para concluir el artículo de esta semana, lanzo ese grito unánime que debería unir a los pueblos: ¡No a la guerra!